“Los fuelles son mi punto flaco” era una frase que le había escuchado a Juan en varias ocasiones. Y eso terminó siendo una sentencia; fumador empedernido, falleció a causa de un tumor pulmonar a los 50 años.
Teníamos una muy linda amistad y conocía a toda su familia. Habíamos compartido unos cuantos años trabajando juntos, logrando escribir y compartir algunas páginas que para ambos resultaron memorables. Su fallecimiento fue un golpe duro no sólo por la amistad que nos unía sino porque no me hacía sentir bien el hecho de haberlo convencido de irse a vivir a Brasil a hacerse cargo de la filial allá.
Eso contribuyó a separarlo algo de su familia y en alguna medida a “desordenar” su vida en lo que resultó ser finalmente una etapa terminal, crítica
Luego de su fallecimiento, en una decisión entre negociada e impuesta a mi familia, los llevé a todos temporalmente a San Pablo; allá nos instalamos y tomé el control de la empresa para ordenar la transición y seleccionar al sucesor de Juan al frente del negocio
Por la etapa que atravesaba la empresa y el impacto del hecho, Juan era un líder apreciado, el negocio no pasaba por un buen momento y era necesario reestablecer la confianza dentro del equipo gerencial. Me pareció oportuno, en un ámbito de fortalecimiento motivacional, hacer una revisión profunda, diagnóstico de situación y poner en marcha un plan de acciones para realinearnos y asegurarnos una buena sintonía a nivel gerencial.
En los dos días de intensas y extensas reuniones era notorio que las opiniones y actitudes dentro del equipo gerencial estaban divididas: la mitad se alineaba fácilmente, compartía las visiones y se mostraba proclive e incluso entusiasta ante los nuevos desafíos y las nuevas acciones.
La otra mitad lucía muy resistente y tendiendo a montar toda una ingeniería de excusas, un catálogo interminable de objeciones y cuestionamientos destinado a mantenernos en zona de baja actividad en defensa de un statu quo indefendible.
Se tornaba desgastante y exasperante el panorama que ofrecía ese grupo de ejecutivos reactivos, atrincherados detrás de ese cúmulo de excusas, todo un entramado de escollos más imaginarios que reales, una construcción argumental endeble y artificial tratando de defender supuestas zonas de confort y potenciales impedimentos. Un gran homenaje a la evitación, al no hacer.
Las excusas se complementaban y encadenaban y lograban enredarnos, confundirnos, perdíamos protagonismo. Llamé a la proactividad, a tornarnos más protagonistas, hice lo imposible para derribar la ingeniería de excusas…pero…todo ello en el contexto de una empresa que pugnaba por sobrevivir y crecer, aun en los confines de su viabilidad, verdaderamente luchando por su vida.
Fueron dos días largos y agotadores, muy exigentes. Era la víspera de un fin de semana largo. En San Pablo el regreso a casa atravesando la ciudad constituía una travesía épica, un periplo interminable. No obstante, el tráfico, los tumultos y la demora me sirvió para ordenar pensamientos y esforzarme en busca de la mejor mirada, una perspectiva alternativa ante la situación.
Estaba muy cansado luego de esas jornadas larguísimas, muy intensas, cambiantes y tensas que me tuvieron con el entusiasmo y la paciencia titilando. Creo que nunca lo supieron, tal vez lo imaginaron, algunos de los asistentes deberían recordar esas jornadas como los días en que estuvieron a punto de ser estrangulados.
Ya acercándome a mi nuevo hogar paulista que se ubicaba en una apacible urbanización casi irreal, en medio un área muy verde en la falda de un morro, empezó a motivarme la idea de un fin de semana en paz, en el sosiego de mi casa, disfrutando de la tranquilidad del entorno sobrecogedor, de mi familia, del tenis y la buena lectura, recargando las baterías.
Cuando llegue, entre gritos y algarabía, mi esposa e hijos me ponen al tanto del plan sorpresa que habían tejido para que yo descansara el fin de semana; querían salir ya mismo o temprano a la mañana siguiente a alguna playa del litoral paulista.
La iniciativa era bastante diferente a lo que eran mis planes; pretendían condenarme a volver al purgatorio, cruzar nuevamente la ciudad que era un hervidero de autos en lentísimo tránsito hacia la “baixada santista”, rumbo a las playas. Y la mañana siguiente sería igual o peor.
Enseguida vino a mi mente la tremenda ingeniería de excusas de mis colaboradores que me habían jaqueado los dos últimos días. Ahora una ingeniería de excusas de similares características era la herramienta que yo necesitaba para zafar del plan familiar que se cernía como una amenaza sobre mi plácido fin de semana.
Me planté decidido ante la iniciativa y comencé a defender heroicamente la barricada, esgrimiendo una línea argumental estructuralmente igual a la que había combatido tan recientemente. Postergando, saboteando, cuestionando, inventando impedimentos, magnificando dificultades, agitando fantasmas.
Hice lo imposible para sostener mi ingeniería de excusas …pero …finalmente, caí derrotado en desigual combate.
Después de manejar buena parte de la noche amanecimos con el canto de los pájaros y el rumor de las olas en el Recanto das Toninas…hermoso el entorno verde, la playa y la posada.
Cuento extraído del libro LECCIONES APRENDIDAS de Hugo Benedetti













